La crisis económica actual no solo se mide en cierres definitivos de empresas, sino en un fenómeno más sutil y extendido: la supervivencia a costa de la reducción. Según un relevamiento privado, desde el pico de 2023 desaparecieron más de 20.000 pequeñas y medianas empresas formales, pero detrás de esa cifra se esconde una transformación aún más profunda del tejido productivo argentino. Las firmas que logran mantenerse activas lo hacen mediante un ajuste interno que incluye menos trabajadores, menor escala productiva y estructuras financieras al límite.
La radiografía del deterioro
Los datos son contundentes. A mediados de 2026 quedaban 506.457 PyMEs formales, unas 21.800 menos que en el máximo alcanzado tres años atrás. El 90% de esta caída reciente corresponde a microempresas, justamente las unidades productivas con menor capacidad para absorber aumentos de costos o caídas sostenidas en las ventas. Este segmento, que históricamente ha funcionado como termómetro de la economía real, muestra una vulnerabilidad creciente frente a los vaivenes del ciclo económico.
El impacto en el empleo formal es particularmente preocupante. En el último año, las PyMEs perdieron aproximadamente 50.000 puestos de trabajo registrados, mientras aumentaron los empleos no registrados y los monotributistas. Esta transformación en la composición del empleo revela un proceso de precarización laboral que acompaña al ajuste productivo. Las empresas de hasta 100 trabajadores tienen hoy una dotación formal 1,5% menor que hace una década, y la participación de las microempresas en el empleo formal cayó del 20% al 18% en ese mismo período.
La paradoja del crecimiento sin empleo
Un informe de la Universidad del CEMA advierte sobre un fenómeno estructural: “Cuando la reactivación económica se ve impulsada por los sectores primario y energético, el incremento en la cantidad de contrataciones es menor que cuando los sectores motores del crecimiento son la industria o la construcción”. Esta observación cobra especial relevancia al analizar los datos de 2025, cuando la economía creció 4,4%, pero la industria y el comercio retrocedieron 3,9% y 1,3%, respectivamente.
La paradoja se completa al observar que, bajo la definición amplia del “Mundo PyME” -que incluye asalariados formales e informales, monotributistas y autónomos-, el empleo vinculado a estas empresas aumentó 1,5% interanual. Sin embargo, este crecimiento esconde una transformación preocupante: en el último año se sumaron 186.700 trabajadores no registrados y 42.700 monotributistas, mientras las PyMEs formales perdieron 49.300 asalariados registrados.
Consecuencias estructurales
El ajuste silencioso tiene implicancias que trascienden lo coyuntural. Mientras las firmas grandes ganaron participación en el empleo formal durante la última década, las empresas más pequeñas perdieron peso relativo dentro de la estructura productiva. Esto modifica no solo la distribución del empleo, sino también la capacidad de innovación, la diversificación productiva y la resiliencia económica del país.
La discusión, entonces, no pasa solamente por cuántas empresas sobreviven al ajuste, sino por las condiciones en que lo hacen y la estructura productiva que queda después de este proceso. Los datos exhiben que, por más que las persianas sigan levantadas, cada vez más es a costa de menos trabajadores formales, a menor escala, con deudas crecientes y formas de empleo más precarias. Un escenario que plantea desafíos significativos para la recuperación económica sostenible y la generación de empleo de calidad en el mediano plazo.
Fuente: eldestapeweb