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La sombra de Scalabrini Ortiz sobre los nuevos acuerdos con EE.UU.

A casi 80 años de la nacionalización ferroviaria, el gobierno de Milei firma una serie de acuerdos que, según analistas, reconfiguran el rol de Argentina en la cadena global de suministros bajo parámetros definidos por Washington.

La sombra de Scalabrini Ortiz sobre los nuevos acuerdos con EE.UU.

En 1948, Raúl Scalabrini Ortiz prologaba su “Historia de los ferrocarriles argentinos” con una advertencia lúcida y premonitoria: el diseño extranjero de la infraestructura nacional condenaba al país a un rol de mero exportador de materias primas e importador de manufacturas, aniquilando las industrias vernáculas. Casi ocho décadas después, ese análisis resurge con vigencia alarmante en el debate político, mientras el gobierno del presidente Javier Milei consolida una serie de acuerdos estratégicos con Estados Unidos que, para sus críticos, reeditan aquella lógica de dependencia.

El Corredor Andes-Atlántico y la huella del pasado

El lanzamiento del Corredor Andes-Atlántico, anunciado este 26 de septiembre por el embajador estadounidense Peter Lamelas, constituye el eje visible de esta política. La iniciativa, presentada como un canal para conectar la “matriz productiva argentina con los mercados de Occidente”, prioriza inversiones norteamericanas en ferrocarriles, puertos y oleoductos destinados a la exportación de minerales, petróleo y gas. Para varios observadores, el paralelismo con la era de los ferrocarriles británicos es ineludible: la infraestructura crítica se diseña y financia según intereses foráneos, orientando el flujo comercial en una dirección predeterminada.

Una secuencia de acuerdos sin contrapartidas locales

El corredor no es un hecho aislado. Se inscribe en una secuencia de cuatro instrumentos firmados en rápida sucesión: el Acuerdo de Minerales Críticos, el Acuerdo de Comercio e Inversión Recíproca (ARTI), la adhesión a la Pax Silica y, ahora, este plan logístico. En su conjunto, establecen un marco donde Argentina se compromete a facilitar información prioritaria sobre licitaciones de recursos, fortalecer marcos legales “predecibles” para inversores estadounidenses y asignarse el rol de proveedor de insumos primarios dentro de cadenas de suministro lideradas por EE.UU. Lo llamativo, destacan expertos en política exterior, es la ausencia de cláusulas que exijan transferencia tecnológica, desarrollo industrial local o diversificación de destinos comerciales como contrapartida.

La filosofía subyacente fue explicitada por Jacob Helberg, subsecretario de Asuntos Económicos de EE.UU. y arquitecto de la Pax Silica. En su documento “La trampa de la soberanía digital”, Helberg argumenta que los países no deben duplicar desarrollos existentes, sino especializarse en lo que pueden aportar dentro de una “coalición de capacidades”. Bajo ese esquema, Argentina queda posicionada como proveedor de minerales críticos, mientras la tecnología avanzada y el valor agregado se concentran en otros eslabones de la cadena, predominantemente norteamericanos.

El gobierno nacional, a través del canciller Pablo Quirno, ha celebrado estos acuerdos como una “integración a las cadenas de suministro globales”. Sin embargo, la omisión del océano Pacífico en el nombre del corredor y la focalización exclusiva en mercados occidentales generan interrogantes sobre una posible desconexión con Asia, destino de más de la mitad de las exportaciones argentinas. El debate, en definitiva, trasciende la coyuntura y se ancla en una discusión histórica: si la inserción internacional del país debe basarse en la especialización primaria o en un desarrollo industrial soberano y diversificado. La sombra de Scalabrini Ortiz, al parecer, aún es larga.

Fuente: eldestapeweb

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